Asuntos de familia

 

Ha sido una tarde floja. La farmacia ya no es lo que era; el deterioro del barrio ha ido al mismo ritmo que el de las ventas. Muchos productos pueden ahora comprarse en otros sitios y los clientes han dejado de acudir allí. Carmelo ha permitido que la muchacha salga un poco antes; seguro que ella tiene más prisa por disfrutar de la noche del viernes que el viejo boticario, a quien hace ya tiempo que nadie espera en ningún sitio. Por eso, cuando los dos encapuchados entran en la farmacia, Carmelo se encuentra solo.
Los recién llegados tienen ojos ardientes, feroces, de pupilas dilatadas. El temblor de sus manos indica que, de entre todos los tipos de establecimientos, la elección de la farmacia no es casual. Le ordenan que se dé la vuelta, que permanezca en silencio, que no se mueva. El boticario no tiene que hacer ningún esfuerzo para agachar la cabeza. Es la quinta vez que le atracan en los últimos cuatrocientos treinta y siete días, desde que su esposa le abandonó. La relación se había ido muriendo conforme aumentaban los problemas del hijo que él había aportado a ese matrimonio tardío. No había sabido educar al muchacho, un niñato consentido acostumbrado a salirse con la suya, incapaz de apreciar ningún esfuerzo. Ella siempre le reprochó que no hubiera sido fuerte, que no hubiera actuado como se supone que debe hacerlo un padre y que se hubiera limitado a darle al chico todo lo que pedía, sin exigir nada a cambio. Quizá tuviera razón.
La caída de un estante le devuelve a la realidad. Los encapuchados se abren paso hacia el interior del establecimiento, revolviendo todo hasta que encuentran lo que buscan. Llenan una bolsa con medicamentos y salen. Antes de irse, uno de ellos abre la caja registradora y coge con puñados ansiosos los escasos billetes que hay allí. Después se marcha, recolocándose la ropa interior a través del pantalón. Carmelo reconoce ese gesto. Es una manía que su mujer odiaba, pero nunca consiguió que el chaval dejara de hacerlo. Cuando se marchan, el boticario se dirige a la trastienda y suspira resignado mientras borra la grabación de la cámara de seguridad.

Más deprisa

 

Un calor intenso y agradable recorre su cuerpo. Cierra los ojos, separa los labios, deja escapar al animal atrapado en su pecho. Los músculos se relajan y se adormece satisfecho, confortado, acunado en un vaivén orgánico y evocador que trae paz y excita suavemente la memoria, levantando algún recuerdo. Como el de aquellas noches en que sus padres le dejaban ver la tele hasta tarde. Luchaba contra el sueño en el sofá del salón hasta que no podía más y luego se abandonaba al sueño de manera tan decidida como instantes antes lo había sido su determinación de aguantar despierto. Aún siente la mano de su padre sobre su hombro; una mano pesada y cálida que transmitía calor y seguridad a todo su cuerpo. Y escucha la voz de su madre, dolorosamente hermosa en su recuerdo, pidiéndole de manera poco convincente que se fuera ya a la cama. Todo pasaba muy despacio entonces, como si la vida quisiera que disfrutara de lo mejor que iba a poder ofrecerle; como si la infancia fuera la especialidad de la casa. Y por eso, quizá, era lo que mejor se grababa en la memoria. Para que se lo llevara consigo para siempre, por muy mal que fueran las cosas en el futuro. Disfruta de ello, niño; que yo te lo guardo para el camino.
La sensación de tranquilidad no dura mucho. Un ruido le despierta y le arranca del agradable sopor y de la neblina cálida de los recuerdos. Alguien en la casa está quejándose; alguien llora, alguien grita. A lo lejos se oyen sirenas y voces de gente que discute en la calle. Se sienta en el mugriento colchón y se libera de la goma que aún se encuentra enroscada en su brazo. Sale de la habitación esquivando a otros como él, cada uno con su historia. Apenas ha dado unos pasos cuando vuelve a sentir la demanda urgente y hambrienta de sus maltratadas venas. Últimamente tiene la sensación de que el tiempo pasa cada vez más deprisa.

Lluvia en el vestido

Era tarde cuando ella entró en el Black Horse. Apenas quedábamos allí los de la casa y un par de borrachos de confianza; dos borrachitos mansos a los que bastaba con rellenarles de vez en cuando el vaso y levantarles los pies para barrer por debajo. Eran viejos conocidos del Gordo, que les trataba con la ternura de un niño a sus peluches y siempre les dejaba dormir allí un rato antes de acariciarles la cabeza y enviarles a acostarse a casa. Llovía en la calle y ella dijo que necesitaba llamar a un taxi. El vestido rojo se había pegado a su cuerpo, demostrando que la lluvia sabe cosas sobre anatomía femenina que nosotros apenas alcanzamos a soñar. Pasó de largo la barra, acompañada por la trompeta lánguida de Chet Baker y por media docena de miradas de una intensidad primitiva, casi táctil. Supongo que el Gordo empezó a sospechar cuando ella se dirigió sin preguntar hacia el teléfono público, un aparato medio escondido y olvidado del que nos fiábamos menos que de la declaración de patrimonio de un político. Uno de los muchachos confirmó que en la calle, haciendo como que no miraba hacia la puerta del Black, había un coche con los faros apagados. Era de color negro, grande, con cristales oscuros y matón al volante. El tipo era los de nariz rota, de los de tatuaje carcelario, de los de dime lo que hay dentro y ya me encargo yo de todo.
Así que, mientras en la calle los muchachos se ocupaban del tipo del coche negro, en la barra, ante una botella de Bourbon, el Gordo escuchaba en confesión a la dama. Y adicto como era a la belleza, y a las mujeres que le sostenían la mirada cuando estaban al alcance de sus labios, quiso absolverla de cualquier estupidez que la hubiera hecho entrar allí. Cuando ella salió por la puerta, el Gordo se limitó a encogerse de hombros, a chasquear la lengua resignado y a dar la orden con un levísimo y apesadumbrado movimiento de cabeza. Antes de marcharse, les pidió a sus chicos que no le hicieran demasiado daño.

Un lugar en el mar

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El mar está calmado. Ha salido del puerto temprano porque le gusta navegar con las primeras luces, cuando parece que el mar es nuevo y que el viento acaba de ser soplado para él. El barco es viejo, pero fiable. Conoce al detalle la más insignificante tabla de la cubierta y el más modesto cabo que recorre su aparejo. Lleva años navegando y se gana la vida con ello como antes lo hizo su padre, aunque las cosas han cambiado mucho. Su actividad es muy diferente.
Sigue el rumbo que dibujan en el agua los primeros rayos de sol. Cuando larga la vela el viento tensa el trapo con suavidad, estirando la piel del barco lentamente, como un felino ocioso que se despereza ante la inminencia de la caza. Siente  el viento y el sol en el rostro. Cierra los ojos para calentar sus párpados y una corriente ligera de calor le atraviesa para alojarse en su nuca, irradiando desde allí un íntimo escalofrío de calor que acaricia su espalda. El sabor del aire es húmedo, nutricio, impregnado del rocío salado que despide la proa del barco al romper los borreguillos que se le encaran. Ninguna otra cosa en el mundo le hace sentir así.
Cuando comprueba que ha llegado a su destino recoge la vela y el barco detiene su inercia lentamente. Mira alrededor. No se ve ninguna embarcación cerca; la costa es una línea lejana y borrosa. Ha estado allí muchas otras veces y conoce bien el sitio. Es perfecto para sus propósitos. Vuelve a mirar al horizonte mientras arroja el cadáver por la borda y piensa que podría quedarse un rato allí, para ver si pesca algo. En ese lugar los peces son abundantes. Y suelen tener un buen tamaño.

El Viejo

 

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El viejo es un hombre tranquilo. Se lleva bien con todos por aquí, aunque no es muy hablador. Tiene una barba blanca y rizada que acaricia durante los largos ratos en los que permanece con la mirada perdida, y desde hace algunos años arrastra los pies al caminar, como si quisiera llevarse el suelo untado en los zapatos. Cuentan que cuando era joven pisaba de otra manera. Fue uno de los duros; de los que robaron el alma al mismo diablo. Se cuentan muchas cosas de aquella época. Algunas de ellas no son ciertas y ojalá el resto tampoco lo fuera. Dicen que un día conoció a una mujer que lo cambió todo. Se marcharon a vivir junto al mar, en una casita blanca a cuyo patio daba sombra el vuelo templado de las gaviotas. Paseaban silenciosos entre las rocas, deteniéndose de vez en cuando para observar el mar con los ojos cerrados y regresaban al caer la tarde, caminando por la playa y dejando tras de sí el largo rastro de sus huellas, siempre muy juntas sobre la arena. Se dedicaban a pescar langostas para los turistas, con unas trampas de alambre que él mismo fabricaba. Fue precisamente uno de aquellos turistas el que le reconoció. Sus viejos enemigos no tardaron en llegar; y ella no sobrevivió a la huída. Aquello lo cambió todo. Regresó con la rabia de quien lo ha perdido todo y no va a volver a tenerlo, porque no soportaría volver a perderlo. No paró hasta que lo atraparon. Hace ya dieciocho años de aquello y desde entonces anda por aquí. Siempre solo, pensativo, callado. Sólo sonríe por las noches, justo antes de que apaguen las luces de la galería. Algunos piensan que está perdiendo la cabeza y se burlan del Viejo. No saben que, cuando las luces se apagan, su celda huele a espuma breve y a sal y que allí se escucha el susurro de las olas, lamiendo las rocas a cientos de kilómetros de distancia. Ignorantes; no saben que el interior de sus párpados tiene vistas al mar.

 

Días de calor

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Fue un verano muy duro. El sol salía empujando por la mañana y se retiraba pasadas las diez de la noche, tras vomitar fuego húmedo durante toda la jornada. Durante el día las calles permanecían vacías y el aire empañado vibraba obsceno sobre las cosas. Los pocos que se atrevían a salir a la calle se desplazaban al resguardo de la sombra de los edificios, con paso apretado y actitud casi clandestina. Por la noche el calor provocaba que las sábanas ardieran cuando se animaban los amantes, así que los cariños sucedían lentos, cautelosos y ligeramente torpes, como si se acariciara un cachorro herido con el dorso de la mano. Aquella tarde estuve un rato mirando desde mi ventana. La calle despedía un vaho alquitranado, tan pringoso y espeso que si dejabas la ventana abierta corrías el riesgo de que se te asfaltara el dormitorio. Al final me decidí a acercarme al Black Horse. El bar estaba casi vacío y Sam se distraía pasando la bayeta mojada por la barra. Lo hacía lentamente, con mimo, como si refrescara la piel de un cetáceo varado. El ventilador del techo batía el aire y le daba una textura homogénea, tan pastosa que respirar era como inhalar polvorones de aire. Pregunté a Sam con una ceja y él me contestó con el mentón, indicándome uno de los reservados. Allí estaba el Gordo, hablando con un hombrecillo nervioso cuya cabeza sudada recordaba una piedra con algas recién sacada del mar. Cuando aquel tipo se marchó lloriqueando, el Gordo me contó su historia. Un tipo pequeño con grandes adicciones que había perdido todo lo que tenía por obra de la carnalísima trinidad: coca, fulanas y apuestas.
Había acudido allí porque el seguro de vida que se había hecho para dejarle algún dinero a su mujer no cubría la muerte por suicidio. Necesitaba que le hicieran ese último favor. El Gordo le miró con desprecio, se secó el sudor de la frente con un pañuelo y le dijo que se largara. Después ordenó a los muchachos que se ocuparan del tipo y se aseguraran de que su esposa cobrara la prima.
Entonces pensé que se estaba ablandando. Luego supe que aquella mujer también le debía dinero.

Duelo al sol

 

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Primer día de playa. Hace mucho calor y el aire es espeso como una sopa de barro. Intento relajarme, pero hace rato que he notado que el joven musculoso situado a nueve toallas de distancia no me quita ojo. Nos conocemos: Luis Galmandiano, treinta años, delincuente multidisciplinar. Un antiguo cliente. Le advertí de que lo suyo estaba complicado, aun siendo yo el mejor abogado penalista de la ciudad. No pude hacer mucho por él: le cayeron seis años por robo con violencia. Sin anestesia, sin rebajas. Debe de haber salido hace poco y por la forma en que me mira, intuyo que me considera responsable de sus desgracias y que podría cometer un error. No tarda en confirmar mis sospechas. Se levanta, gruñe, se acerca levantando arena a su paso. Me anticipo; con un salto me coloco en posición de ataque. Los bañistas nos rodean mientras nos movemos en círculo, estudiándonos. Empieza el baile. El chico es fuerte y rápido, pero el movimiento de su cuerpo anuncia los golpes como un cartel luminoso. Juego con él un rato, esquivando sus golpes furiosos y descontrolados, agotándole. Cuando me aburro le agarro del cuello, con una llave que podría enviarle a buscar la luz del túnel si se atreve a pestañear sin permiso. Le guiño un ojo a la pelirroja del belicoso biquini blanco que me mira, que sonríe de lado, que se humedece los labios. Aprieto un poco la presa y la multitud enloquece cuando el muchacho suplica clemencia. Entonces, inexplicablemente, el camarero del chiringuito me arroja agua a la cara. Me llama fiera. Me pide que me tranquilice. Estoy tumbado en la arena boca arriba, golpeando el aire. La gente me rodea; les oigo murmurar, pero solo entiendo palabras sueltas sobre alucinaciones, sobre un golpe de calor, sobre un viejo loco al que le ha dado demasiado el sol.

Rojo sobre blanco.

 

La nieve sigue cayendo de la forma en que lo hace cuando se la deja tranquila. Perfora suavemente el aire y absorbe todos los sonidos de alrededor; ralentiza, hasta casi detener, el ritmo natural de las cosas. Junto a los dos cuerpos caídos hay algunos agujeros rojos y humeantes que taladran el blanco perlado y perfecto. Las respiraciones, entrecortadas, se han ido acompasando hasta formar un solo gemido intermitente y débil. Uno de los hombres logra incorporarse para mirar al otro. Le cuesta reconocer ese rostro deformado por el frío y el dolor. Sabe que esto no era necesario. Había dinero suficiente para los dos, y la cabaña en el bosque era un lugar perfecto para esperar hasta que se fueran olvidando de ellos. Pronto, su golpe iría desapareciendo de las páginas de los periódicos, de la misma manera que la persistente cortina de copos blancos va borrando poco a poco las manchas rojas en la nieve. No había sido posible. Sabía que su socio era un hombre difícil, pero no podía permitirse rechazar aquel trabajo. Quizás porque lo necesitaba; posiblemente porque se iban agotando sus opciones; seguramente porque hay tipos para los que la única manera de parar es ir cada vez más rápido. Había estado muy cerca de lograrlo. Hasta hace unos minutos todo iba bien, había más dinero del que esperaban y era imposible que se les relacionara con el asunto. Pero su socio resultó ser un idiota testarudo. Eligió un mal momento y unas malas formas para pedirle que volviera a contar el dinero. No se le pide algo así a un hombre armado; a menos que tú también lo estés y puedas disparar antes que él si la cosa se pone fea.
Ya no oye a su compañero. Su propio jadeo es el único sonido que acompaña al lentísimo caer de los copos. Sabe que no le queda mucho y mira alrededor, intentando empapar sus pupilas en la serenidad blanca y salvaje que le rodea.
Cuando cierra los ojos, está seguro de que así podrá ver mejor.

Diario de campaña

Soy poco aficionado a los espectáculos mediático-judiciales, pero tengo que reconocer que durante esta semana apenas he podido despegarme del televisor. He encontrado fascinante el espectáculo de ese hombre que avanzaba entre la masa a trompicones, rodeado por un enjambre de periodistas y curiosos mientras entraba en el juzgado con el rostro abofeteado por los flashes de los fotógrafos. He escuchado preguntas que no pretendían encontrar respuesta e insultos que sólo perseguían generar alguna reacción salvaje que retratar en crudo. Las sesiones del juicio han abierto informativos y han ocupado las portadas de los diarios. Un producto de consumo más, un circo de varias pistas cuyo número estelar lo desempeñaba un payaso al le quedaba grande el papel de fiera. Ante el tribunal han pasado muchos y se han dicho muchas cosas. Cada uno ha interpretado su parte, nadie se ha salido del guión y sólo a algún despistado ha podido escapársele una mínima e intranscendente espontaneidad. En la sesión final el fiscal lo resumió todo y explicó, de manera un tanto afectada, cómo el acusado entró en casa de la víctima, halló a esta en el jacuzzi y decidió añadir burbujas rojas al asunto con la nueve milímetros que llevaba consigo para la ocasión. El abogado del reo, un mercenario de la ley que no cobraba tanto por su trabajo como por su silencio, cumplió su cometido con eficacia: prisión incondicional, sin fianza. De las de echar el cerrojo y tirar la llave.

Estaba previsto. Ahora toca tener paciencia. Confío en la discreción y profesionalidad del condenado y en que asuma como un gaje de su azaroso oficio el retiro que ahora se le impone. Tengo un par de tipos en el lugar al que va, cuidarán de él y de su lengua, y evitarán que caiga en tentaciones mientras se encuentra a cargo del Estado. Soy un hombre de palabra y el tipo ha cumplido con lo suyo. Encontraré la manera de devolverle el favor cuando me convierta en gobernador. De momento, tras el desgraciado y sangriento final de mi principal adversario, las encuestas me son muy favorables.

Intercambios

 

La mujer, recostada en el sillón de cuero negro, juguetea con el botón superior de su blusa mientras el saxo lentísimo de Ben Webster acaricia el aire del salón con la eficacia de un beso en el lóbulo de la oreja. A pesar de que casi triplica la edad de la dama, el hombre que se encuentra junto a ella se muestra tan nervioso como un adolescente en un lavabo sin cerrojo y lo demuestra hablando sin parar y prometiéndolo todo. Ella le mira, asiente con las pestañas, exhibe la curva del cuello y sonríe con labios de un rojo tan puro que enmascara el color vulgar de las mentiras que derrama en el oído del viejo. La situación se va aclarando conforme avanza la noche, aumenta el tamaño de las pupilas y disminuye el nivel de las botellas.  El amanecer encontrará al viejo tirado en la cama, dormido con un beso de carmín en la frente y alguna caricia pendiente en las manos. A un metro escaso, en el suelo, su cartera vacía, abierta y derrotada como un pájaro abatido en vuelo. La luz descubrirá que ella ya no está allí, porque es sabido que las mujeres así no existen de día. Pasado algún tiempo volverán a encontrarse, se mirarán de lejos, se tratarán como desconocidos. Ella fingirá que no se acuerda y él hará como que no le importa. Y entonces volverá a repetirse el intercambio de lo que soy por lo que eres, de lo que buscas por lo que encuentras, de lo que tienes por lo que quieres. No se juzgarán el uno al otro, no pensarán en el día después, no tendrán en cuenta que el juego dura ya algún tiempo y que ninguno de los dos se ha preguntado nunca quién utiliza a quién.